En contraposición al anterior artículo, en el que hablaba de la crítica excesiva por parte de los padres a sus hijos que generaba a largo plazo una baja autoestima y un sentimiento de incapacidad continuo, la sobreprotección también se convierte en un método para desarrollar faltas y actitudes que a no muy largo plazo se convertirán en graves problemas en la edad adulta.
En una sociedad de padres sobreprotectores que el hijo se convierten en el centro del universo que no se quiere que sufra bajo ningún concepto, que la obsesión de los padres es evitar cualquier conflicto a sus hijos en el colegio, con sus amigos, en casa…, eliminar de su vida todo aquello que genera dolor, sufrimiento…, conseguimos ni más ni menos un hijo con 20 años que no sabe enfrentarse a nada, que todo le asusta, que se ve incapaz de resolver sus propios problemas y conflictos. Que ante la mínima frustración, en cuanto entra en contacto con todas las sensaciones desagradables que nos hemos empeñado en apartarle de la vida, se viene abajo.
Estudios demuestran que cada vez es más habitual la depresión en estas edades tempranas y, por nuestra propia experiencia con chicos y chicas que tuvieron una infancia feliz que sus padres fueron son sus mejores amigos, en cuanto algo se les escapa de las manos que no sale como a ellos les gustaría y empiezan a sentir frustración cualquier circunstancia que les resulte mínimamente difícil o complicada la suelen interpretar de una forma exageradamente negativa sintiéndose las personas más desgraciadas y desafortunadas del mundo.
Reflexión
Llegados a este punto no hay otra opción que luchar cada día para no caer en una crítica excesiva con los hijos ni la sobreprotección paterna, si queremos hacer unas adultos bien ajustados a la realidad. La clave siempre está en el equilibrio.